Los aplazos y el pensamiento mágico.

El renovado debate sobre si un niño puede recibir bajas calificaciones durante su vida escolar, permite analizar interesantes aristas del presente y conocer un poco más acerca de cómo razona esta sociedad contemporánea.

El controvertido tema de los "aplazos" puede ser abordado desde una perspectiva eminentemente educativa, con una mirada sesgada hacia lo pedagógico y hasta deteniéndose en aspectos psicológicos de la infancia.

Tal vez este polémico asunto sirva, al menos, de trampolín para comprender porque la gente analiza su realidad con ese prisma decidiendo de un modo incoherente con las consiguientes consecuencias nefastas.

Desde un punto de vista normativo se puede decidir casi cualquier cosa. Hace algún tiempo, cuando se eliminaron las notas bajas, los argumentos se centraron en destacar el impacto perjudicial que las mismas producían en la autoestima de los niños y sus irreversibles repercusiones en su futuro.

Todo tipo de ardides se aplicaron bajo ese esquema. Se reemplazó el régimen vigente por uno con letras, más acotado en escalas, para que las diferencias entre los puntajes asignados fueran menos perceptibles. El sistema numérico fue duramente criticado por su crueldad y se optó entonces por quitar la chance de que un alumno obtuviera notas de 0 a 3, iniciando la serie de posibilidades recién desde 4 en adelante.

Más allá de las cuestiones rigurosamente técnicas vinculadas al ámbito de lo educativo, lo que queda en evidencia es que toda la tecnología, la astucia y la picardía parecen estar al servicio de ocultar la verdad con maquillaje.

Se pueden calificar a los alumnos con letras, con números, impedir ciertas notas, sugerir a los docentes que sean más piadosos, prohibir la repitencia, disponer que se pase de año sin mérito alguno y hasta egresar sin esfuerzo.

Nada de eso convierte a una persona sin conocimientos en alguien preparado para enfrentar la vida, ni tampoco logra que el que no se empeña sienta que vale la pena intentarlo porque intuye que al final todo da lo mismo.

Los que están realmente convencidos de que es bueno hacer un poco más, estudiar y tratar de alcanzar lo más alto, a veces creen que el sistema no los premia y los coloca en el mismo lugar que a todos los demás. Por lo tanto perciben, con razón, que tiene poco sentido desvelarse para mejorar.

Los que no quieren estigmatizar a los que fracasan, terminan creyendo que ellos no son los verdaderos responsables de lo que les ocurre, sino que son meras víctimas de extrañas y perversas fuerzas del mal, sin comprender que los únicos que pueden lograr que todo cambie son justamente ellos mismos, porque son los únicos protagonistas de su propio destino.

Nivelar para abajo parece ser la solución de muchos. A los mejores hay que limarlos, impedirles que crezcan. Sus éxitos están siempre mal vistos porque ponen en situación de debilidad al resto, atemorizándolos.

Esta visión de la vida en comunidad, donde la igualdad es un valor mal entendido, se aplica a casi todos los asuntos cotidianos. Tal vez por esta misma razón se intimida a los ricos, se ignora a los talentosos y se termina endiosando a los perdedores, convirtiéndolos en victimas en vez de estimularlos a que salgan rápidamente de esa lamentable situación.

Tapar la realidad no parece ser una excelente idea. Modificar sistemas para que los que no se destacan pasen totalmente desapercibidos genera un daño enorme para todos, incluso para ellos mismos.

Es evidente que algunos individuos se esmeran y otros no. Es una elección individual absolutamente respetable. Enmascarar los hechos con recursos retorcidos no cambiará esa realidad. Esconder el termómetro jamás logra camuflar la fiebre, ni tampoco alterar mediciones consigue que quien padece una enfermedad sea una persona sana por arte de magia.

Los indicadores son eso, un parámetro, un dato, algo que permite tomar determinaciones. Cuando alguien sufre un problema de salud, lo primero que intenta es obtener un diagnóstico certero, sin mentirse a sí mismo, buscando la verdad, para desde allí, iniciar un recorrido que le permita definitivamente curarse. Es increíble que esa lógica individual no pueda asumirse de idéntico modo cuando se analizan fenómenos más mundanos.

La discusión sobre los aplazos es solo un síntoma más de la insensatez imperante. Se insistirá en cuestionar las calificaciones de los alumnos buscando impedir que los de peor desempeño sean visibilizados, para evitarles frustraciones, sin asimilar que la vida es un camino repleto de aciertos y tropiezos, que nada es lineal. Pero sin información concreta todo se hace mucho más difícil. Un número no dice demasiado sobre una persona, pero puede ayudarla a levantarse y superarse.

Si la inmensa potencia que se ha puesto para disfrazar la realidad se invirtiera en sobreponerse a los inconvenientes, seguramente todo sería más provechoso. No se conseguirá jamás el progreso poniéndole techo a la evolución de los mejores. Por el contrario, eso solo se logra cuando los que tienen un menor rendimiento dan el salto, salen de ese estándar inferior y avanzan hacia el anhelado siguiente escalón.

La gran tarea pasa por depositar el máximo de energías en lograr que todos puedan desarrollarse. El ingenio debe estar enfocado en cooperar con el porvenir y no en entorpecérselo a algunos para que el resto no se sienta acobardado e impacte negativamente en su propia consideración.

Nadie crece engañándose a sí mismo. Nadie evoluciona falsificando la realidad. Todos tienen habilidades. Por lo tanto, la labor consiste en descubrirlas a tiempo y son los indicadores los que ayudan a detectarlo pronto para poder encauzar la fuerza hacia donde realmente se justifica y de esa forma, conseguir que cada ciudadano pueda finalmente realizarse.

Alberto Medina Méndez


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PARA LA NACION

En el capítulo 36 de House of Cards, Francis Underwood mira a la cámara y dice: "Siento que la toma de decisiones en la presidencia de Estados Unidos es una ilusión". Muy distantes de ese mundo pero próximos a la reflexión, neurocientíficos de gran prestigio sostienen más o menos lo mismo: que el libre albedrío es, en gran medida, una ilusión.

¿Quién decide cuando decidimos? ¿Uno? ¿El mundo? ¿El destino? Durante siglos la filosofía, la religión y luego la ciencia han debatido acerca de la existencia (o no) del libre albedrío, es decir, de la facultad que tendría una persona para poder elegir, tomar sus propias decisiones y, de esta manera, ejercer el control sobre la propia vida.

Hoy sabemos que nuestra genética y el entorno colaboran en mayor o menor medida para modular nuestro organismo y nuestra conducta. Si un mismo cerebro de un niño hubiese crecido en un lugar y una época diferente del que vivió, seguramente se habría amoldado a cada entorno y tomado decisiones a partir de ese contexto. La cultura, las experiencias, las historias compartidas por la sociedad, las creencias colectivas, pero también la alimentación y la exposición solar, entre otros elementos, interactúan con nuestros genes y nuestro organismo influyendo en la estructura de nuestro cerebro y definiendo quiénes somos. En cierta manera, nuestra libertad es condicionada por el mundo que nos rodea o nos toca vivir.

 "¿Quién decide cuando decidimos? ¿Uno? ¿El mundo? ¿El destino?"


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Para Descartes, nuestra libertad se expresa cuando ante una situación determinada podríamos haber actuado de una manera diferente. ¿Podríamos de verdad haber decidido distinto a como decidimos? ¿Tenemos los seres humanos control sobre nuestras acciones? ¿Hay alguna decisión que podamos tomar en forma independiente de nuestra historia? Plantearse este tipo de preguntas nos puede inducir a malas interpretaciones del libre albedrío, que no tiene por qué ser una sola entidad absoluta e indivisible. Estos dilemas han sido abordados desde innumerables posturas, que han arrojado conclusiones ubicadas en los espacios más disímiles del espectro: desde la aseveración de que no existe de ninguna manera el libre albedrío, hasta la afirmación de que está presente en cada acción, pasando por numerosos matices que aparecen en el medio de estos dos extremos. Por nombrar algunas de estas líneas encontramos: el determinismo físico, desde donde se piensa que no habría libre albedrío ya que todas las acciones del presente están determinadas enteramente por los eventos que las antecedieron; el compatibilismo clásico, que considera que existe un cierto determinismo pero también contamos con posibilidades alternativas de decisión para actuar libremente; y el libertarismo metafísico, que contempla que no existe la determinación y, por ende, los seres humanos sí tendríamos libre albedrío.

Las neurociencias estudian qué grado de influencia consciente tenemos en nuestras decisiones, y han intentado intervenir aportando información sobre cómo surgen en el cerebro. Esto ha dado lugar al surgimiento de lo que se conoce como neurociencias del libre albedrío. Algunos de sus hallazgos han resultado ser muy llamativos y han aportado argumentos que parecen cuestionar la existencia de una libertad total.

Benjamin Libet, investigador de la Universidad de California en San Francisco, condujo un conocido experimento en los años '80, en el cual les pedía a sus participantes que decidieran apretar un botón en un momento cualquiera, sin previo aviso, mientras registraba la actividad eléctrica de su cerebro asociada a este movimiento. Cuando movemos intencionalmente alguna parte del cuerpo pueden registrarse dos tipos de señales eléctricas: una señal que surge de la acción motora (por ejemplo, apretar un botón) y una señal, que la antecede, que surge de la preparación para realizar este movimiento, conocida como "potencial de preparación" (readiness potential). Libet quería observar si este potencial de preparación se relacionaba con el registro consciente que tenían los sujetos de querer mover la muñeca o si esta señal se relacionaba con una actividad automática. Para ello, les pedía a los participantes que observaran en un reloj el lugar de la aguja al momento de decidir hacer el movimiento. Así encontró que el potencial de preparación antecedía al registro subjetivo de querer mover la muñeca. Esto indicaría, según él, que en el cerebro toda la cadena de sucesos eléctricos necesarios para el movimiento se inicia antes de tener conciencia de querer realizarlo. Dicho de otro modo, si los sujetos decidieran conscientemente mover la muñeca a las 14:01:55, el cerebro ya estaba ejecutando la acción a las 14:01:54. A partir de sus observaciones, algunos autores han sugerido que habría evidencia científica de que la noción que tenemos de control de nuestras acciones, como decía Underwood, es una ilusión. Es importante aclarar que Libet, en realidad, no midió la decisión de mover, sino la estimación metacognitiva de una decisión ya hecha. Además, esta versión de libre albedrío involucra una explicación radical y absoluta que asume que toda decisión depende absolutamente de aspectos conscientes.

 "Las neurociencias estudian qué grado de influencia consciente tenemos en nuestras decisiones; descubrieron cuestiones que parecen cuestionar la existencia de una libertad total"


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La idea de una voluntad consciente también fue puesta en cuestión desde las neurociencias por el psicólogo Daniel Wegner de la Universidad de Harvard. Le pidió a una voluntaria que usara guantes y posara frente a un espejo. Otro investigador del laboratorio ubicaba sus brazos por detrás de ella de tal manera que parecieran los de la voluntaria, como a menudo suelen hacer los niños para jugar. Ambos participantes tenían auriculares a través de los cuales Wegner le daba indicaciones al investigador para mover o no los brazos. La voluntaria reportó que cuando oía la instrucción de mover los brazos antes de que se produjera el movimiento, ella tenía la sensación de que eran sus propios brazos los que se movían, pero cuando la instrucción la escuchaba después de que se efectuaba el movimiento, esta sensación desaparecía. Wegner relativizó así la noción de experiencia consciente al plantear que la misma es, justamente, una ilusión.

Estos y otros experimentos sugieren que, para algunas acciones, nuestros cerebros inician el proceso de toma de decisiones antes de que seamos conscientes. Esto es esperable para muchas de ellas. Si tuviéramos que pensar cada pequeña cosa que hacemos cotidianamente no podríamos hablar con fluidez, bailar, caminar o manejar. La atención consciente requiere esfuerzo y es un proceso más lento. Por eso los experimentos que llegaron a la conclusión de que el libre albedrío es una ilusión involucraban decisiones simples y rápidas (se les pide a las personas que no planifiquen sus decisiones, sino que esperen a tener un impulso).

Eddy Nahmias, un influyente filósofo y neurocientífico de la Universidad de Georgia State, señala que quienes consideran que estos hallazgos implican que el libre albedrío es una ilusión, lo hacen partiendo de una concepción equivocada de libre albedrío. Según Nahmias, algunos pensadores que sostienen que este no existe asumen que se encuentra en un alma inmaterial o en una mente no-física, pero las neurociencias muestran evidencia de que nuestras mentes son físicas y que la toma de decisiones surge de la actividad de nuestro cerebro. Concluir que la conciencia o el libre albedrío son ilusiones es apresurado. Sería, según Nahmias, como inferir por los descubrimientos de la química orgánica que la vida es una ilusión porque los organismos vivos están compuestos por elementos no vivos. Precisamente el progreso en la ciencia sobreviene de la compresión de un todo en términos de sus partes, sin sugerir que el todo no existe.

No existiría el libre albedrío si se pudiera demostrar de alguna manera que la deliberación consciente y el auto-control racional no son posibles. Nada de esto es probable aunque sea cierto que la conciencia no funciona exactamente como pensamos, y que hay limitaciones significativas en la extensión de nuestra racionalidad, auto-conocimiento y auto-control.

No hace falta suponer que nuestra conciencia debe estar en todas las decisiones que tomamos para poder afirmar que contamos con un libre albedrío. Necesitamos la deliberación consciente para hacer la diferencia en lo que importa, cuando tenemos que tomar decisiones claves para nuestra vida o la de los demás, planificar o vetar una acción. Todos los días, constantemente, debemos tomar una gran cantidad de decisiones, algunas muy simples y otras muy complejas. Los recursos cognitivos son limitados y la deliberación consciente demanda una gran cantidad de recursos, con lo cual no podemos esperar que todo lo que hacemos pase por nuestra conciencia. Algunas de nuestras acciones, como por ejemplo la manera en la que debemos mover cada uno de los dedos, junto con manos y muñecas, para escribir una oración como esta, escapan a la conciencia, porque ella está ocupada con las decisiones más importantes como la manera de seguir esta argumentación, su estilo y su forma. Cada acción que realizamos, cada decisión que tomamos, cada creencia que tenemos están elaboradas por circuitos cerebrales a los que no tenemos acceso. Los procesos no conscientes operan en casi toda nuestra vida. El cerebro controla la compleja maquinaria de nuestro cuerpo y lleva adelante decisiones automáticas sin que tengamos conocimiento.

El cerebro consciente juega un rol mucho menor del que imaginamos. Muchas veces vamos en auto de regreso del trabajo y nos damos cuenta de que estamos llegando a casa sin haber prestado mucha atención al camino que hacemos cada día. Sin embargo, antes de llegar, en una esquina aparece súbitamente un camión que pasa muy rápido y esto hace que la consciencia entre en acción. Nuestra consciencia además juega un rol importante, realizando decisiones ejecutivas, cuando hay conflictos internos entre los muchos sistemas automáticos del cerebro: es, de alguna manera, un árbitro que monitorea los resultados de operaciones no conscientes del cerebro y nos permite planificar a largo plazo incluso evaluando las propias funciones cognitivas.

Muchos filósofos entienden que el libre albedrío es un conjunto de capacidades para imaginar futuros cursos de acción, para deliberar sobre las razones para elegirlos, para planificar las propias acciones en consecuencia de lo deliberado y para controlar las acciones de cara a deseos que compiten. Actuamos con libre albedrío en la medida en que tenemos la oportunidad de ejercitar estas capacidades en ausencia de presiones irracionales externas e internas. Somos responsables de nuestras acciones en la medida que poseemos estas capacidades y tenemos la oportunidad de ejercerlas.

Por eso quizás Francis Underwood utilice la reflexión sobre la ilusión en sus decisiones como una estrategia más, razonada y consciente, para lograr sus cometidos.


Sin transparencia no hay democracia

Urge sancionar una ley de acceso a la información pública; su falta debilita las instituciones, provoca apatía social y resiente el diálogo de quienes piensan distinto

MARTES 08 DE MARZO DE 2016
Un estudioso de los medios y del derecho como el mexicano Jorge Abdó Francis advierte que para comprender cabalmente el desafío de este cambio "es necesario reconocer que una sociedad con corrupción generalizada y carente de procesos transparentes no puede aumentar su nivel económico ni la participación ciudadana en el desarrollo de un país". La supervisión y el seguimiento constituyen partes centrales de cualquier futura ley de acceso a la información pública por la sencilla razón de que son los que determinan si ésta tendrá un impacto real en la gestión y marcha de los gobiernos. Sin supervisión y seguimiento está condenada de antemano a convertirse en letra muerta, dado que las inercias en la burocracia caminan en contra de la apertura y la transparencia.

El hecho de que la Argentina no haya podido aprobar todavía una ley de acceso a la información pública, situación en la que comparte un triste podio junto con Bolivia y Venezuela, nos dice mucho acerca de una de las graves falencias que tiene que corregir nuestra democracia. El secretario de Asuntos Políticos e Institucionales del Ministerio del Interior de la Nación, Adrián Pérez, que asumió la responsabilidad de consensuar el apoyo de los más amplios sectores de la sociedad con el fin de terminar con esta suerte de oscurantismo estatal, afirmó en las páginas de LA NACION que es incomprensible que un derecho tan elemental como necesario en pleno siglo XXI siga siendo una asignatura pendiente tras 32 años de continuidad democrática. Recordó, además, que nadie, no importa su orientación política, debe ser ingenuo respecto de las dificultades por vencer.

La necesidad de exigir al poder que rinda cuentas sobre sus actos estará siempre amenazada por una larga tradición en la que la conservación y el acceso a los archivos públicos fueron ocultados a los ciudadanos recurriendo a la desidia, el uso de la fuerza o el engaño. No hay que retroceder mucho en la historia para encontrar ejemplos de las dificultades kafkianas que supone acordar una legislación para garantizar derechos como la libertad de expresión y de información, nada menos.

El primer intento de aprobar una ley de este tipo en nuestro país se remonta a 2001, cuando la Oficina Anticorrupción elaboró un proyecto en el que participaron organizaciones no gubernamentales, periodistas y funcionarios. Esa iniciativa fue enviada al Congreso de la Nación por el presidente Eduardo Duhalde, en 2002, y se aprobó en Diputados en 2003. El Senado la trató un año después e introdujo un cambio, lo que provocó que volviera en revisión a la Cámara baja. Las disidencias entre el oficialismo y la oposición impidieron que se transformara en ley y perdió estado parlamentario en 2006. En 2010, el Senado volvió a aprobar un proyecto, pero Diputados no lo convirtió en ley. 

El presidente Néstor Kirchner, a poco de asumir, en diciembre de 2003, firmó el decreto 1172 de acceso a la información pública, aplicable sólo al Poder Ejecutivo y las instituciones que dependen de él. Si bien hubo muchos pedidos, las respuestas oficiales no sólo fueron escasas y parciales, sino que, en la mayoría de los casos, ni siquiera se brindó información. La Corte Suprema de Justicia de la Nación terminó condenando al Estado en cinco fallos por no cumplir con ese decreto y exigió a varios organismos públicos transparentar y publicar la información requerida. Dado el contexto político del momento, ocultar información desde lo más alto del poder fue, en verdad, un acto de coherencia, la extensión de una manera de gobernar, sin conferencias de prensa, hostigamiento a los medios no adictos y miles de millones de pesos del Estado destinados a imponer un discurso único, irreductible.

Para evitar tentaciones absolutistas, Aristóteles, en su obra La Política, exalta la importancia que tiene para la democracia el marco de libertades en donde los ciudadanos no sólo juzgan las cuentas públicas y los negocios políticos, sino que se los convoca también a ser "jueces en todo". El propósito era enfatizar su participación como un principio fundamental de la democracia. Esa participación excedía el acto de votar, se convertía en el poder del pueblo y consolidaba el interés por la cosa pública. 

Pero no fue hasta el siglo XX cuando la promulgación de leyes de acceso y derecho a la información tomó verdadero impulso. Visto en perspectiva, llama la atención que hasta mediados de la década del ochenta sólo 10 naciones incluyeran en sus legislaciones el derecho al acceso de la información pública y gubernamental. El ejemplo de la democracia sueca, cuya primera legislación se remonta a 1766, identificada globalmente con niveles mínimos de corrupción y una economía sólida, ha servido como el texto fundacional de muchas de las 93 leyes de acceso a la información pública y gubernamental vigentes en el mundo.

En sus primeros cien días, el actual gobierno dio señales inequívocas de su decisión de sancionar una ley de acceso a la información que incluya el derecho de los ciudadanos a recibir explicación y justificación del ejercicio del poder. Al hablar ante la Asamblea Legislativa, el presidente Mauricio Macri prometió poner en Internet, al alcance de los ciudadanos, todos los actos de gobierno. Es un primer paso para mejorar el control democrático y la rendición de cuentas a la sociedad. El secreto es rienda suelta para intereses ilegítimos, genera sospecha, debilita las instituciones, lleva apatía a la sociedad, es un instrumento para ocultar errores y envenena el diálogo de quienes piensan diferente pero saben que son parte de un mismo país. No se trata sólo de consensuar y sancionar una ley. El riesgo es perder el tren de la historia, otra vez.

 


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