Opinión

Por Julio María Sanguinetti

3 de julio de 2016

 

Como la educación se cae a pedazos, como la seguridad sigue rampante, como las promesas electorales se frustran, como los pronósticos económicos alegres dejan paso a un ajuste puro y duro, el Frente Amplio viene intentando introducir un debate de reforma constitucional para montar un escenario que diluya la mirada sobre los problemas y entrevere las expectativas.


Cuando se cumplen 50 años del derrocamiento de este médico austero y honesto, su paso por la presidencia merece ser recordado tanto como su figura, que ha ido creciendo a medida que el país perdía el rumbo

Marcos Aguinis


Jueves 23 de junio de 2016

aguinis

Hace medio siglo, cuando un matón de las Fuerzas Armadas que ignoraba las instituciones de la democracia irrumpió a la cabeza de otros forajidos en la Casa de Gobierno para expulsar al presidente de la Nación llamado Arturo Illia, éste, con hidalguía ejemplar le reprochó: "Soy el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y usted un vulgar faccioso que usa sus armas y soldados para violar la ley".

Así ponían fin a uno de los gobiernos más limpios y progresistas del siglo XX. A partir de ese instante la Argentina fue absorbida por un torbellino que la empujó hacia una decadencia que aún nos cuesta remontar.

Illia nació con el siglo, en 1900, en Pergamino. Se recibió de médico en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde inició su pugilato político mediante un abierto apoyo a la Reforma Universitaria de 1918. Su desempeño suscitó el interés del presidente Hipólito Yrigoyen, quien le recomendó mudarse al pueblo de Cruz del Eje, al nordeste de la provincia de Córdoba, para atender a los miles de obreros que trabajaban en sus talleres ferroviarios. Para mantenerse actualizado, viajaba a menudo al Hospital Español de la capital de la provincia. En pocos años sus pacientes se convirtieron en legión. No se limitaba a recibirlos en su estrecho consultorio o atenderlos en los dispensarios, sino que hacía preparar los remedios en las farmacias y los llevaba personalmente a los enfermos que no podían desplazarse. Sin auto, hacía sus viajes en bicicleta, sobre el lomo de un caballo, en sulky o a pie.

Fue uno de los primeros políticos en denunciar el fascismo de Mussolini y el nacionalsocialismo de Hitler. Su palabra serena, pero bien fundada, comenzó a resonar. En 1938 fue elegido diputado provincial. Fue el año en que se producía un avance nazi desenfrenado, con la anexión de Austria y la criminal Noche de los Cristales Rotos. En Buenos Aires tuvo lugar una ensordecedora manifestación nazi en el Luna Park, al tiempo que se celebraba el avasallamiento de todas las instituciones alemanas democráticas de la Argentina. Las manifestaciones de Arturo Illia contra los delitos totalitarios aumentaron su visibilidad y en el año 1940 ganó el cargo de vicegobernador.

El mundo caía bajo la seducción de los totalitarismos. El derrocamiento de Yrigoyen ocurrido una década antes seguía fascinando a las mentes antidemocráticas y estimuló a quienes añoraban otro golpe. El 4 de junio de 1943 estalló el golpe de Estado que propiciaba un franco vuelco hacia el fascismo. Illia fue expulsado. El panorama político se tornó insalubre. Una marchita titulada "Cuatro de junio" debía ser cantada hasta en las

silusionado y sin recursos, Illia proyectó regresar a Pergamino. De inmediato, se expandió una popular colecta para comprarle una vivienda. Muchos años después, cuando visité esa casa -convertida ahora en un museo- abrí el libro con la lista de los contribuyentes. Me emocionó descubrir el nombre de mi padre, que regentaba una modestísima mueblería. También miré con otros ojos su estrecho consultorio, adonde me llevaban cuando niño. Lo vi más pequeño del que atesoraba mi memoria, así como su dormitorio y comedor. Pero estaba la famosa palangana, una suerte de gorra: allí sus pacientes depositaban los honorarios según les pareciera, y los que no podían pagar se iban con un apretón de manos. Cuando un paciente le informaba que no tenía dinero para comprar la medicina que recetaba, el doctor Illia guiñaba hacia la palangana y decía: "Lleve cuanto necesita".

Pronto fue elegido diputado nacional. Integró el famoso Grupo de los 44. Eran fieros políticos radicales que hacían frente a los abusos del poder, con riesgo de sus vidas. Recuerdo que a veces íbamos a la estación ferroviaria para recibir un pariente de Córdoba y encontrábamos a su esposa, que venía a esperarlo. Ella le confesaba a mi madre sus temores, porque se negaba a proveerse de custodia. Cuando aparecía Illia, además de su maleta, portaba un libro en la mano.

Salteo el lapso que tardó en llegar a presidente de la Nación. El premio Nobel Luis Federico Leloir, que no se caracterizaba por involucrarse en la política, tuvo el coraje de refutar a quienes pretendieron disminuir la herencia de Arturo Illia con estas palabras: "La Argentina tuvo una brevísima Edad de Oro en las artes, la ciencia y la cultura: fue de 1963 a 1966". En efecto, la inversión en Educación que realizó su gobierno fue la más elevada de la historia: la llevó del tradicional 12% al 23. Conformó un gabinete con figuras brillantes, muchas de las cuales integraron después los equipos de Raúl Alfonsín. Tuvo una esclarecida visión sobre las coordenadas de la política mundial y las aprovechó con un ímpetu que parecía contradecir su espíritu pacífico. Ordenó que se exportase sin ningún tipo de limitaciones. Uno de los destinos más riesgosos fue China, que arrojó buenos dividendos y no produjo choques con las potencias que preferían seguir manteniéndola aislada. Avanzó como ningún otro gobierno argentino en la disputa sobre las islas Malvinas, porque consiguió que Gran Bretaña aceptase negociar su soberanía política mientras prosperaban las buenas relaciones con sus habitantes.

Puso en marcha una temeraria ley de medicamentos que lo enfrentó a corporaciones poderosas. En contra de lo pronosticado, Illia volvió a triunfar. También eliminó las proscripciones al peronismo y al comunismo, y promulgó disposiciones contra la violencia racial.

Hizo crecer la economía como nunca antes. El PBI, luego de un retroceso en 1963, creció más del 10% en 1964 y otro 9% en 1965. Lo mismo pasó con el Producto Bruto Industrial, que luego de un retroceso en 1963, creció un 19% en 1965. Hizo crecer el ingreso de los trabajadores: sólo entre diciembre de 1963 y diciembre de 1964, aumentó un 9,6%. Bajó la desocupación del 9% en 1963 al 5% en 1966. Gobernó sin estado de sitio y fue un celoso defensor de la independencia de los poderes y de la libertad de prensa.

Los éxitos de su gestión austera y dinámica eran saboteados con una hostilidad que ahora resulta increíble, absurda. Había una intención delirante por sacarlo del poder a cualquier precio, y no se entiende por qué. La prensa mejor pensante no valoraba la dimensión de su patriotismo ni su lúcida calidad de estadista. Ramiro de Casasbellas, periodista de Primera Plana que no cesaba de calumniarlo, reconoció tardíamente: "El gobierno de Don Arturo Illia no abusó un milímetro de sus poderes. Al recato de su mando lo denominamos «vacío de poder»; al irrestricto cumplimiento de las leyes, «formalidad democrática»; a la moderación,«lentitud»; a la labor silenciosa y certera, sin autobombos ni desplantes, «ineficacia»; al repudio de la demagogia, «sectarismo»; al ánimo de concordia, «falta de autoridad», y a la severa reivindicación de una doctrina nacional, popular y cristiana, «exigencias de comité». Éramos nosotros los sectarios, los que carecíamos de autoridad".

A veces Arturo Illia salía de la Casa Rosada para tomar un poco de aire, con nostalgia, quizás, de las sierras cordobesas. Evitaba el acompañamiento de los custodios y saludaba a quienes se ponían cerca. Pero ese gesto de humildad fue descalificado por una imagen que se tornó cotidiana, en la que el Presidente aparecía en la Plaza de Mayo con una paloma sobre su cabeza. Otras escapadas las solía hacer al Teatro Colón, para escuchar música clásica desde un balcón lateral, invisible casi.

En la trágica madrugada del 28 de junio de 1966, la Casa de Gobierno fue invadida por militares que, años después -algunos- manifestarían su arrepentimiento. Illia se mantuvo en vigilia para enfrentarlos. Su poder estribaba en la legitimidad de su cargo y le ética de su conducta. Los recibió con dignidad cesárea, los descalificó, los retó. Sin miramientos fue sacado a empellones del despacho presidencial. Cuando llegó a la calle detuvo un taxi y se marchó a la casa de su hermano en las afueras de la Capital Federal. Pese a la campaña de desprestigio que intentaba ensuciar su tarea, no pudo encontrarse un solo cargo de corrupción en todo su mandato, ni siquiera en alguno de sus colaboradores. Renunció a su jubilación de Presidente y, en algunas ocasiones, se puso a trabajar en la panadería de un amigo. Vendió su auto para pagar el tratamiento de su esposa. No abandonó la política, sino que continuó frecuentando a miles de correligionarios que identificaba con nombre y apellido. Como si su trayectoria hubiese sido dibujada con detalles emblemáticos, falleció a comienzos del año en que nuestro país recuperó la democracia. Su carácter, modestia y jerarquía moral lo convierten en el Mahatma Gandhi de la política Argentina.


Más allá de la vehemencia o la elocuencia a veces exasperada, la diputada de Cambiemos encarna el espíritu con el que, en todas las épocas, mujeres y hombres lúcidos advirtieron las consecuencias que se derivan de abrir una brecha entre la ética y la política


http://www.clarin.com/opinion/Debemos-control-corrupcion-mentiras_0_1584441715.html#cxrecs_s

Diálogos a fondo Jim Roberts

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Mea culpa. “Si Trump es presidente, los periodistas vamos a tener que preguntarnos sobre nuestra responsabilidad“, dice Roberts. G. Dell’Oro

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Gustavo Sierra

El bombardeo incesante de información parece haber adormecido a muchos. La mayoría de los que se informan, lo hacen tomando lo que quieren, lo que creen, lo que les acomoda, lo que no les causa anticuerpos. Tratan, por todos los medios, de evitar enfrentarse a ideas no preconcebidas en su mundo y apenas se confrontan con el otro como un enemigo y casi nunca para hacer una contraprueba de sus convicciones. A casi nadie pareciera preocuparle el estado del periodismo o la falta de debate genuino, salvo a algunos periodistas. Jim Roberts, el ex editor del New York Times y de Mashable, es uno de ellos. Cree con énfasis que uno de los efectos más nocivos del declive del periodismo es el hecho de que se puede acceder a todos los contenidos en forma gratuita y no hay discriminación entre unos y otros.

“Creo que si se paga, explica, los que buscan la información van a interesarse más, darle más importancia a lo que reciben de un medio de comunicación. Necesitamos educar al público, en el sentido de que cada uno entienda que el negocio del periodismo, la actividad de crear información, tiene un costo. Tienen que entender que lo gratuito carece de calidad. Tienen que pagar para recibir una información que les permita estar mejor preparados al momento de tener que elegir a sus gobernantes”.

Pero va a seguir habiendo una superoferta de noticias, más allá de su calidad.

Sí, pero hay que hacerles entender que no es lo mismo quién edita, quién es el curador de esas noticias. Un editor de calidad eleva la información por sobre cualquier otra cosa que esté en la web.

¿No cree que hay demasiada gente buscando videos de perros y gatos sin interesarles el resto?

Puede ser. Pero hay que ser claros en ese sentido. Los periodistas tenemos que hacer entender al público que no están favoreciendo la estupidez, que tienen información de calidad con un valor intrínseco. En Estados Unidos ya estamos viendo que el público entendió que debe pagar por una información de calidad. Hay una búsqueda de periodismo de calidad porque se dan cuenta de que sin ese elemento, la democracia es más débil.

¿No cree que debería ser un tema de debate y de apoyo en los organismos internacionales, en los gobiernos?

El problema que tenemos cuando los gobiernos apoyan financieramente el periodismo es que esperan algo a cambio. Creo que muchas organizaciones de noticias se resistirían a esa clase de modelo de negocio por miedo a las obligaciones que los gobiernos esperarían de ellas.

¿Y los auspicios en general?

El “sponsorship” (auspicio) es un modelo de negocio interesante. Pero funciona sólo en algunos casos. Hay algunas organizaciones sin fines de lucro, fundaciones, que han apoyado medios nuevos de comunicación. Pero no creo que alcance. Implica que usted, como editor, siempre esté yendo a buscar dinero. Un modelo interesante es lo que pasa con el Washington Post. Comprado por Jeff Bezos de Amazon y, en todo sentido, Bezos ha sido un maravilloso salvador para esa publicación.

Sí, todos esperamos un mecenas que quiera hacer periodismo de calidad.

Claro. Hay que estar abiertos a diferentes enfoques. Y diferentes modelos de negocio.

¿No cree que hay una conexión entre la irrupción de los fenómenos populistas con esta baja en la calidad del periodismo?

Creo que sí. Nosotros somos el control, la verificación, el equilibrio contra la corrupción, contra las mentiras. Los grandes medios estadounidenses están haciendo un “mea culpa” por no haber cubierto con mayor efectividad la irrupción de Donald Trump. Si lo hubieran hecho, muy probablemente no sería el candidato republicano. Esto demuestra también que no tenemos el poder que muchos creen que tenemos.

¿Tiene que ver con esto de “informar y entretener”?

Sí, lo tomamos como “el payaso”. Promovemos ese tipo de figuras para tener más cliks, para vender algo más, y no nos damos cuenta de lo peligroso que es. Nos olvidamos de las ideas. Si Trump se convirtiera en presidente los periodistas políticos de mi país vamos a tener que preguntarnos, desde una posición muy incómoda, hasta qué punto hemos sido responsables.

¿Por qué el New York Times sigue siendo un diario de calidad y no sucumbió a la tentación de apostar al sexo para tener mayor cantidad de entradas en su sitio?

El New York Times todavía atrae a los mejores periodistas del país. Atrae a personas a quienes motiva el hecho de hacer el mejor trabajo que puedan como periodistas. Y la familia dueña del diario está muy empeñada en mantener el periodismo de calidad.

¿Cómo fue su experiencia en un medio digital como Mashable?

Lo disfruté. Aprendí mucho, trabajé con periodistas jóvenes, gente que tenía la mitad de mi edad. Me enseñaron cómo ver la información que fluye en las redes sociales y cómo llegar a la gente joven.

Finalmente, la pregunta del millón, ¿hacia dónde va el periodismo?

Las herramientas del periodismo digital han logrado que usted y yo podamos ser mejores comunicadores y mejores narradores de noticias. Tenemos la posibilidad de llegar a un público cada vez más amplio. La parte difícil es que la tecnología también ha cambiado los modelos de negocios. Es mucho más difícil cada día sobrevivir como empresa. Pero si lo logramos, estamos en el núcleo dorado del periodismo.

Jim Roberts:

Periodista Trabajó 26 años en el New York Times hasta llegar a ser el Editor Adjunto. Luego, pasó por la agencia Reuter´s y el sitio web Mashable. Ahora trabaja en un proyecto de rediseño del periódico “The Hill”, el decano de la prensa parlamentaria de Washington. Estuvo la última semana dando curso de capacitación en la redacción de Clarín y abrió el año lectivo con una conferencia en la Maestría de Periodismo de Clarín y la Universidad de San Andrés


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