Patricia Sosa: "Basta de pedir, generemos la cultura del trabajo"

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Patricia Sosa: "Basta de pedir, generemos la cultura del trabajo"

Patrica Sosa Crédito: Alejandro Guyot - Pablo Mascareño 

3 de octubre de 2019  • 00:01

"Estoy muy conectada con lo que no se ve. Medito desde el 96, pero hay experiencias que ejercito desde chiquita. Si no, no hubiese sobrevivido sana al mundo del rock", explica Patricia Sosa LA NACION, sentada en la platea de la flamante sala de teatro ubicada en El Templo Espacio Cultural, un lugar propio montado en sociedad y complicidad con Oscar Mediavilla, su marido, y Marta, la hija de ambos, también actriz y cantante. Allí, sobre la calle Gregoria Pérez, en ese barrio de Chacarita que, a pocos metros, se convierte en Colegiales.

Además de la sala teatral, el lugar cuenta con numerosas aulas porque allí se dictan cursos para cantantes aficionados y profesionales. Es el chiche nuevo de los Sosa-Mediavilla. Un orgullo familiar con espíritu zen. Vibración pausada. Aura de meditación. Un lugar propio donde se conjuga arte y espiritualidad. "En el Templo de la Voz somos conscientes que, justamente, la voz es el único instrumento que no creó el hombre. Por ende, se lo cuida y se lo venera. Estamos orgullosos de eso. Pero, además, vamos en busca del sonido propio, que cada alumno encuentre su frecuencia dentro del cuerpo, su propia vibración, porque, cuando eso sucede, se produce un movimiento en espiral que alivia chakras y esa es una sensación muy parecida a la felicidad", grafica la cantante que este jueves lanza, en las plataformas digitales, Patricia, su nuevo material de tintes folclóricos, editado por Pelo Music y Media Music. El nombre remite a aquellas damas patricias de la época del Virreinato. Esas que donaron sus joyas para que se pudiesen comprar fusiles libertarios.

Algo del orden de la libertad define a la Sosa, aquella chica rebelde del primigenio rock metálico nacional que se abrió paso a la fuerza y que, desde hace años, está orientada a priorizar el desarrollo de una interioridad robustecida tanto en ella como en los alumnos que visitan su escuela: "Vamos por ese camino. El Templo se convirtió en un centro de sanación donde el canto es el vehículo. Aquí hay profesores que entrenan profesionales, pero hay otra gente que solo busca cantar, entonces se los entrena en el cuidado del instrumento y luego se canta, porque el don se comparte y se saca a la calle. Preparamos repertorios muy populares y, cada tres meses, salimos a cantar". Templo de la Voz es la escuela que cobija al taller Compartí tu Voz. Los alumnos visitan espacios públicos, escuelas, geriátricos y templos ofreciendo su arte. El próximo 12 de diciembre los espera el desafío de cantar en el anfiteatro del Parque Centenario. "Los alumnos se acercan los días que no hay clases porque esto se transformó en un lugar de pertenencia, como sucedía con los viejos clubes de barrio. Vienen a conversar con el otro. Por eso, en los primeros minutos de cada clase, se hace respiración, para eliminar todo lo negativo que se trae de la calle. Acá se tiene que respirar felicidad".

"El Templo se convirtió en un centro de sanación donde el canto es el vehículo", cuenta Patricia sobre el espacio que abrió en Chacarita con su hija y su marido

Espacio ganado

Patricia nació en Barracas hace 63 años. No es una infidencia vociferar ni el lugar de origen ni la edad. Ella misma se encarga de embanderar la identidad sureña y porteña, aunque muchos creen que es oriunda de Valentín Alsina, donde vivió tantos años. Sur al fin de un lado u otro del río turbio y zigzagueante que limita. Los 63 también son un motivo de orgullo que confiesa a viva voz. Parece una década menos, por lo menos. Tan cacofónico como real. Algunos secretos hay en ese aparente "no paso" del tiempo. "Hay que estar alineado, la vida espiritual sana se nota en la cara".

Fui la primera mujer argentina en liderar una banda de rock, pero no lo sabía

-En tiempos de La Torre, alguna vez te dijeron: "La minita del músico, abajo", cuando, en realidad, eras vos la cantante que debía subir al escenario. Hoy te mostrás en ese camino de equilibrio, pero no fue sencillo al comienzo.

-Y, cuarenta años después, se sigue peleando por una ley de cupo femenino. Fue difícil. Pero, desde chica, cuando tenía un problema, lo encaraba como una película. Me alejaba y lo miraba desde una altura, como a una partida de ajedrez. No me podía meter a solucionarlo si no me alejaba antes. Eso me permitía ver si el problema era mío o del otro. Por eso nunca fui conflictiva. Salvo en los 80, cuando tuve que poner cara de culo, para preservarme. Fui la primera mujer argentina en liderar una banda de rock, pero no lo sabía. Se dio.

-¿Cómo llegás a cultivar la vida espiritual en un mundo que, a priori, podríamos decir que atenta contra eso?

-En 1996, cuando me divorcié, estaba muy triste. Por eso decidí comenzar terapia, pero luego de tres meses me di cuenta que no tenía ganas de hablar más con nadie. Al contrario, quería callar, ir para adentro, buscar a la nena que había sido. Buscar cosas que me había olvidado. Así comencé a meditar, fui por el silencio. Un viaje de ida. Nunca más dejé.

-Ese silencio, ¿deja en blanco la mente o es un ejercicio donde la introspección está colmada de ideas?

-Es muy difícil dejar en blanco la mente, quizás los lamas lo logran. Aprendés a ver pasar los pensamientos y dejarlos ir.

Patrica Sosa: " Lo importante es descubrir cuál es el pensamiento inútil. Ese es el que te hace daño y te quita más energía" Crédito: Alejandro Guyot

-¿Aún los pensamientos positivos?

-Hay que dejar pasar como si se viese una procesión. Al pensamiento negativo se lo identifica rápidamente. A ese, sobre todo, hay que dejarlo ir. Pero tampoco hay que instalarse con los positivos. Lo importante es descubrir cuál es el pensamiento inútil. Ese es el que te hace daño y te quita más energía.

-No es tan sencillo.

-Hay que entrenar mucho. Lleva bastante tiempo poder aplicar estos mecanismos, pero se logra. Es un ejercicio muy sano.

-¿Cuál es tu estado luego de cada experiencia de meditación?

-Tengo los mismos problemas que antes, pero soy feliz. Los encaro de otra manera. La respiración tiene mucho que ver porque es una limpieza celular que se vincula con la meditación.

-¿Tenés rituales para meditar? ¿Horarios, espacios específicos?

-El año pasado viví un mes en un Ashram en India, el de Brahma Kumaris. Estuve en la universidad chica donde dormíamos 2500 estudiantes, pero recorría la más grande con 25000. Todo manejado con voluntariado y funcionando con un sistema de energía solar y eólica. No hay televisión ni internet. Austeridad total.

-En ese cambio de estilo de vida, ¿qué sucede con la ansiedad occidental?

-Al comienzo algo te falta, pero, inmediatamente en mi caso, naturalicé la nueva vida. Se hacen meditaciones a las 4 y 7 de la mañana, y a las 8 de la noche. También estuve, en el 2016, en el Ashram del Arte de Vivir. Mis horarios, por mi trabajo, no son como los del resto de los meditadores del mundo, pero por suerte, puedo meditar en el medio de un piquete o en un recital de Divididos. Si quiero, me voy. Eso se debe a tantos años de práctica.

-Si bien el canto está íntimamente conectado con el espíritu, ¿cómo dialoga tu postura ante la vida, la meditación personal, con la parte pública de tu trabajo, el show business, los requerimientos de la industria y el ego?

-Es necesario ejercer la espiritualidad para poder llevar a cabo todo lo demás. El ego no existe.

-¿Me permitís contradecirte? En el mundo del espectáculo, el ego existe y exacerbado.

-Cada día realizo un ejercicio: visualizo mi ego y lo piso con mi pie izquierdo. Le digo: "Vas a quedar ahí". Por eso, mi relación con el público y los fans es cercana y cotidiana. Los abrazo, los beso. Mis espectáculos se convierten en un evento.

-Hay mucho de ritualidad en tus conciertos.

-Todos estamos unidos por algo y no se trata de aplaudir a la chica que está arriba del escenario. Además, entendí que la forma más maravillosa de sacar sentimientos genuinos, es cantándome para mí. Me canto para mí, con sonidos propios, alineando chakras. No me quiero vender nada, sino transitar ese audio mío y único que todos tenemos. Hay momentos en que siento que estoy levitando. Cuando irradiás sentimientos genuinos, lo que vuelve es genuino. Eso sucede en los conciertos. Es una unidad, entre los músicos y la platea. No hay lucha entre personalidades, ni egos.

Mirando al sur

-Estás a punto de presentar tu material netamente folclórico. Se podría decir que hay una búsqueda, desde ese lenguaje, no solo a tu interioridad sino también a tus raíces.

-Me lo debía. Mi primera banda, que formé estando aún en el colegio, se llamaba Grupo Vocal Azurduy. Tocábamos las canciones de Ariel Ramírez y de Mercedes (Sosa).

-Con Ariel Ramírez estuviste muy vinculada.

-Una vez me lo crucé en la calle y le dije: "Maestro, me gustaría cantar sus temas". Él no tenía ni idea quién era yo, a pesar que ya era famosa.

-¿Qué te respondió?

-Me preguntó dónde había nacido. Cuando le mencioné Barracas, me dijo que no podía cantar folclore. Me dejó pagando en la calle Lavalle. Así que conseguí el teléfono de Facundo Ramírez, que ahora es como un hermano, pero, en ese entonces, no teníamos trato. Cuando le conté la anécdota, le causó mucha gracia. Así que le pedí grabar un demo para mostrárselo a su padre. Grabamos "Volveré siempre a San Juan" y "Alfonsina y el mar". Y se lo mandé a Ariel. Esa noche me dejó un mensaje en el contestador: "Patricia, me gustaría reunirme con vos mañana para hablar de proyectos". ¡Qué bueno es dejarse guiar por los impulsos!

Ariel Ramírez me quiso como a una hija

-Impulsos saludables que no se dejaron amedrentar por un rechazo inicial.

-No hubo ego de mi parte. Podría haber dicho: "¿Quién se cree que es ese hombre?, ¿Cómo no me conoce a mí?". Ese no es el camino. El camino es: voy a intentarlo. Mi vida está marcada por esos intentos y el titiritero mayor, que es el de arriba, tiene unos planes maravillosos para mí.

-Entre esos planes estuvieron los proyectos Mujeres Argentinas y Cantata Sudamericana junto a Ariel Ramírez, que recorrieron el mundo.

-Los Tres Tenores, en Milán, cuando se enteraron de que estaba Ariel en la platea, pararon la función para dedicársela. El público se puso de pie. También actuamos para la familia Imperial. Me quiso como a una hija.

-Ahora volvés a esas raíces. ¿Qué repertorio tendrá el nuevo material?

-Grabé temas que no hago con Agitando Pañuelos, la banda que tenemos con Lito Vitale y Juan Carlos Baglietto. Grabé "Luna tucumana", "Zamba de mi esperanza", "Añoranza", "La Pomeña", "Entre a mi pago sin golpear", "Balderrama, zamba para olvidar".

En el Vaticano. Patricia Sosa no se privó de cantar Gloria para las máximas autoridades de la Iglesia y ante una audiencia internacional.

06:50

Radiografía del dolor

-El folclore es la patria. ¿Cómo ves a la Argentina hoy y cómo la intuís a futuro?

-Mi patria es parte de mi alma, me propusieron carreras internacionales radicándome en España o en Estados Unidos. Sé que hubiese hecho un buen papel, pero no puedo estar mucho tiempo lejos de acá, me cuesta mucho. A veces, la lloro muchísimo. A medida que voy envejeciendo me doy cuenta cómo se pierde la memoria. Yo no la pierdo.

-Perder la memoria conduce a repetir errores y tragedias.

-Repetimos errores y tragedias. Este episodio económico que estamos sufriendo en este momento, ya lo sufrí con el Rodrigazo, con la hiperinflación de (Raúl) Alfonsín, con (Domingo) Cavallo. Y siempre salimos a flote. En la época de Daniel Grinbank, apoyábamos a (Eduardo) Angeloz. Recuerdo que con lo que gané en una gira de veinte conciertos compré leche, cinco kilos de papa, bidones de detergente y pañales de tela porque los descartables eran inaccesibles. Me dije: "Dios sabrá, ya saldremos adelante". Y salimos.

-En el mejor de los casos se puede ser resiliente, sobreviviente, pero las crisis dejan a muchos ciudadanos en el camino.

-Hay gente que queda tumbada. Nosotros vivimos el suicidio del abuelo de un amigo porque perdió todo en el Rodrigazo. Los que tenemos cierta edad estamos como curtidos. Veo mucha gente joven que no escucha a los grandes. Hay que escuchar a los que pasaron experiencias, a los que sobrevivieron.

Patricia Sosa recuerda su experiencia en el Impenetrable: "Pusimos una carpintería con maestros carpinteros que enseñaban el oficio, un taller de costura con costureras que trasladaban sus conocimientos. Llevamos educación y dos móviles sanitarios" Crédito: Alejandro Guyot

-A pesar de todo, decidís quedarte, grabar, abrir un espacio.

-Seguiré en mi patria siempre, adaptándome a lo que venga, pero hay cosas que duelen. Fui, durante diez años, presidenta de una fundación que se metía en el Impenetrable Chaqueño. Sufrí amenazas, me corrieron con un hacha, me incendiaron un camión. Peor no me pudo haber ido. Me corrieron por todos lados, a mí que soy una simple cantante. Por eso digo que estoy a favor de toda manifestación social, pero también estoy a favor del laburo. Generemos, de una vez por todas, la cultura del trabajo. Basta de pedir. Basta de pedir un papá. Somos una sociedad que siempre buscó un padre que lo salve. La sociedad se salva si estamos todos juntos. Yo al lado del otro. No, esperando. No creo en el verticalismo sino en la cosa horizontal.

-¿Cómo recordás tu experiencia en el Impenetrable?

-Le dábamos agua a 3000 personas. Llegábamos a una comunidad, dejábamos cosas, y nos sentíamos muy importantes. Al otro día, esa comunidad estaba saqueada y lastimada por el prójimo. En una ocasión, un señor me dijo: "Usted va a hacer que nos maten a todos". Yo me preguntaba cómo podía suceder eso. Entones empezamos a cambiar la actitud, se acabó el asistencialismo. Pusimos una carpintería con maestros carpinteros que enseñaban el oficio, un taller de costura con costureras que trasladaban sus conocimientos. Llevamos educación y dos móviles sanitarios.

-¿Qué fue lo más dramático que viste?

-Viejos tirados en el suelo en el medio de la selva. Una abuela muy mayor acostada en posición fetal que no quería ni que la toquemos. "Malo, malo", era lo único que decía en castellano. Un compañero nuestro la cargó a upa, pesaría no más de treinta kilos. La llevamos a la salita, estaba deshidratada, no podía tragar. Al tiempo pasamos, y nos dijo: "Bueno". Quería decir que estaba mejor. Fue tremendo. También asistí al parto de una chiquita de 12 años que daba a luz a su segundo hijo. Tenía contracciones, pero ni se le inmutaba la cara. Absorta. Estaba en un pasillito, que parecía la sala de la muerte. El pasillo estaba dividido por una cortinita. De un lado, un señor con tuberculosis. Del otro, la nena parturienta. Le hablé un montón a su abuela sobre sexualidad, prevención. No me decía nada. Pensé que no me entendía porque no sabía el idioma. Hasta que finalmente me dijo: "Con usted, se terminaría la raza".

-Es fundamental asistir sanitariamente, pero también con educación.

-La única manera en que pueden salir adelante es con alguien del Estado instalado allí. Las comunidades que salen adelante son las que un cura, un matrimonio o el Estado se hacen cargo. A la deriva, nadie sale adelante. Por eso es tan importante que el Estado esté presente.

-¿Dónde quedaba esa salita de atención?

-En Villa Río Bermejito, Chaco.

Acto de resistencia

-Abrir un espacio cultural es una forma de apostar al futuro.

-Mi hija, Martita, dice que es un acto de resistencia. Sobre todo en un año que fue tan difícil, donde los artistas somos artículos de lujo. El laburo no abundó para nada. Pero con Oscar y Marta decidimos montarlo. No era el momento de invertir, nos quedamos sin ahorros.

-Pero la satisfacción debe ser grande.

-Inmensa. Queremos traer bandas y que el teatro llegue al barrio. Convertir El Templo en un lugar de referencia.

Los alumnos van llegando y ella los saluda a todos, como buena anfitriona. Sonrisa a flor de labios, sabe que El Templo es un refugio. Su refugio. El lugar para volver siempre. Para ejercer la pertenencia. Un universo con reglas propias donde arte y espiritualidad se conjugan. Marca en el orillo de la cantora que no sabe de escándalos y es buena amiga de sus amigas.

Tenemos una gran relación (con Valeria Lynch), somos vecinas y amigas desde hace treinta años. Compartimos casamientos, divorcios, los quince de la nena, las muertes de mi padre y de su madre

-Hace un tiempo sorprendió tu distanciamiento de Valeria Lynch. ¿Cómo se encuentra hoy el vínculo?

-Estamos amigas. No sabemos qué pasó. Chusmerío de acá y de allá que minó la relación.

-¿Cómo restablecieron el vínculo?

-Nos tocó compartir escenario en el homenaje a Romina Yan. Cuando llegué al teatro, pregunté dónde estaba Valeria y me acerqué. Ella estaba conversando con otra persona y, cuando me vio, pidió disculpas e interrumpió la charla. Se acercó, nos miramos, nos abrazamos mucho y lloramos. No nos dijimos nada. A partir de ahí siguió todo. Tenemos una gran relación, somos vecinas y amigas desde hace treinta años. Compartimos casamientos, divorcios, los quince de la nena, las muertes de mi padre y de su madre. Lloramos juntas. Nos reímos juntas. Cuando no hay cosas de base, todo vínculo se reconstruye.

-Pisaste el ego para poder acercarte a conversar con ella.

-Siempre hay que pisar el ego. El ego es el peor enemigo del hombre.

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